“Cuatro Gigantes Del Alma”

EMILIO MIRA Y LÓPEZ

“CUATRO GIGANTES DEL ALMA”

*El miedo*La ira*El amor*El deber*

 

 

 

Decimocuarta Edición.

Ediciones Lidiun.

Buenos Aires

FUENTE: http://www.psiquiatria.com

Pequeño Resumen Primeras Hojas:

A GUISA DE ENFOQUE

 

Nunca como ahora, que se está gestando el cauce social del nuevo hombre, se ha hecho tan necesaria la investigación cientí- fica —objetiva y sistemática— de la naturaleza humana. Nunca como ahora, también, ha sido tan conveniente que los datos alcanzados por la ciencia se pongan al servicio y beneficio del mayor nú- mero posible de personas, para contribuir al alivio de sus pesares. Asi como hay enfermedades hay sufrimientos evitables con sólo observar algunas sencillas normas de conducta. Pero éstas no pueden ser impuestas a nadie, sino que han de ser creadas y adoptadas por cada cual voluntaria y satisfactoriamente, en la medida en que se desgajen de su criterio de acción, de un modo tan sencillo y natural como un fruto maduro se desprende del árbol en que se engendró. De aquí la conveniencia —y casi diríamos la imperativa urgencia— de ilustrar en los fundamentos del autoconocimiento a la mayor cantidad posible de adultos.

Éstos alcanzan, espontáneamente o por estudio, una visión aceptable del mundo en que viven, pero ignoran casi todo cuanto hace’referencia a su propio universo personal, del cual aquél no pasa de ser, en definitiva, más que una parte extrapolada. Dos grandes obstáculos, empero, dificultan este autoconocimiento que Sócrates ya reclamaba, como principio de toda actuación: el primero de ellos consiste en que la propia inmediatez dificulta enormemente todo intento introspectivo (del propio modo como cuanto más acercamos un objeto a nuestra vista peor lo vemos); el segundo deriva de los cambios constantes de nuestro tono vital —reflejados en nuestro humor y en nuestra autoconfianza— que nos llevan a teñir siempre el autojuicio estimativo, dándole un exagerado color de rosa o un injustificado tono de oscuro pesimismo.

En efecto, el hombre pasa, casi sin término medio, de considerarse el “rey de la creación” a creerse “simple barro”; unas veces se autojuzga como espíritu “cercano a Dios” y otras como una “má- quina de reflejos”. Hasta hace apenas medio siglo, la psicología aparecía dividida —al igual que la filosofía— en dos campos ideológicos irreconciliables: en uno se hallaban quienes creían que la esencia y sustancia del hombre es un principio sutil, inextenso y eterno, llamado “alma”; en otro militaban quienes opinaban que desde el más profundo de los idiotas hasta el más excelso de los genios, no pasan de ser acúmulos de materia que toman la forma de “cuerpo humano”. Éste, en una de sus partes —el cerebro— engendraría la conciencia, de un modo tan directo y natural como el riñon segrega la orina. Esas dos actitudes (idealista y materialista) más o menos suavizadas y disimuladas constituían la base de los sistemas psicológicos imperantes.

Afortunadamente, hoy se ha superado la “impasse” y comienza a surgir la síntesis dialéctica, impulsora de nuestra ciencia: el se/r humano es, sí, un acumulo de sustancia viva, una inmensa colonia celular —si se quiere— pero en él se observan, además de las actividades propias de la vida “elemental” de cada una de sus micropartes, otras —globales, individuales, inter y supracelulares o personales— que le imprimen un peculiar modo de vivir y comportarse, asegurando no solamente su persistencia en el espacio y en el tiempo, sino su expansión y trascendencia en otro plano, más reciente: el plano superpersonal o social. Objeto de estudio de la moderna psicología son, precisamente, esas actividades integrales del organismo humano vivo, productos de una complejísima interacción de estímulos y necesidades (excitantes e incitantes) del ambiente y del llamado medio interno.

Según cuál sea la calidad lograda de esa perpetua y oscilante síntesis vital del hombre se nos presentará como ángel o demonio, como mero proyectil impulsado por las ciegas y mecánicas fuerzas de instintos ancestrales o como unidad s u i generijs —jamás lograda ni repetida hasta entonces— que brilla con luz propia, inconfundible, en el reino de los valores, inconmensurablemente alejada de los planos en que se entroncan y agitan las fuerzas fisiconaturales. Pero, a pesar de sus diferencias de aspecto y rendimiento, el hombre tiene un cierto número de características que lo definen y delimitan como especie, inconfundible con las demás del reino animal. Estudiarlas y comprenderlas es el afán primordial de los actuales cultores de la caracterología, la tipología, la antropología y la personalogia.

Todos ellos parten del concepto dinámico evolutivo y propenden a relacionar entre si las imágenes obtenida s desde los diversos planos de enfoque (actitud pluralista ) tales como : la apariencia (mórfica) corporal y el temperamento ; ésta y la fórmula hormonal; dichos tres factores y el carácter; éste y la educación ; ésta y el ambiente económicosocial, etcétera . Tales interrelaciones se llevan a cabo con ‘la esperanza de llegar a constituir una visión del hombre en su total devenir, pues la psicología a ctu a l aun siendo por definición integral, unitaria y global, aspira también a ser infinal, o sea, a no trazarse límites estrictos en su campo de investigaciones.

De aquí que partiendo del análisis del m á s sencillo acto personal —morderse una uña por ejemplo— llegue, a veces, con facilidad a tener que interesarse por el estudio de las peculiaridades culturales de una época humana. Precisamente por esa extensión y profundización de sus temas, nuestra ciencia es hoy, paradójicamente, más abstracta y más concreta que hace un siglo: si, de una parte, estudia con mayor detalle a Juan López, de otra, en cambio, lo disuelve o desvanece en un inmenso océano de heterogéneas fuerzas (físicas, químicas, biológicas, sociales) en el que apenas si queda su corporeidad como simple punto de referencia. De aquí la conveniencia de acudir, periódicamente, a los artificios “plásticos” —dinámicorrepresentativos— para facilitar la mejor comprensión de los actuales postulados psicopersonales.

Y es por ello que, sin perder excesivamente el tono austero que conviene a toda descripción científica, nos creemos autorizados a presentar al público interesado en conocer sus tuétanos mentales, una visión de los mismos que dista sumamente, claro está, de lo real, pero que, no obstante, es singularmente h o m o lo g a de la que hoy aceptan como verdadera los psicólogos profesionales. Cualquiera que sea la escuela a que éstos pertenezcan, la vida personal es concebida como una intermitente serie de expansiones y retracciones (pulsiones y pasiones) condicionadas por la interacción de las energías contenidas en el potencial hereditario (plasma germinal) desarrolladas por el aporte nutritivo (citotipico) y modificadas por la estimulación constante del ambiente (inducciones, o mejor inducaciones y educciones o educaciones que pueden resultar, a su vez, de puros actos mecánicos o de influjos ideoafectivos)

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